Me reconoció inmediatamente.
Mientras me colocaban un collarín y preparaban la camilla, descubrió marcas profundas de dedos alrededor de mi brazo.
—Estas lesiones no parecen de una caída —comentó a los policías.
Mi padre insistió en que había intentado quitarme la vida.
Pero nadie pareció convencido.
Desperté al día siguiente en terapia intensiva, después de varias horas de cirugía.
Tenía tres costillas fracturadas, una lesión grave en la columna y una hipotermia que casi me había matado. Los médicos habían estabilizado mis vértebras y todavía no podían asegurar cuánto tardaría