En Nochebuena, mi padre me empujó desde el segundo piso porque, según él, yo había arruinado su contrato millonario. Me dejó casi dos horas a diez grados bajo cero, sin llamar a una ambulancia. “Eres una vergüenza para esta familia”, fue lo último que escuché. Días después desperté en el hospital y mi tía me entregó una carpeta de mi madre fallecida. Al abrirla, entendí por qué mi padre estaba a punto de perderlo todo…

en volver a caminar.

No podía hablar.

Una investigadora de la Fiscalía, Gabriela Salas, entró en mi habitación.

—Lucía, necesito que respondas con los ojos. Una vez significa no. Dos veces significa sí.

Asentí ligeramente.

—¿Te aventaste voluntariamente?

Parpadeé una vez.

—¿Tu padre te empujó?

Parpadeé dos.

Gabriela respiró profundamente.

—Eso coincide con lo que encontramos.

Sacó una tableta.

—La cámara de seguridad de una propiedad vecina registró sonidos de aquella noche. Pero lo más importante estaba en el teléfono de tu hermanastra.

Sentí que el corazón se me aceleraba.