absoluta de un niño que cree que su madre jamás le hará daño.
Beatriz recordó algo que solía repetirle cuando era pequeño:
—Nunca tomes lo que no es tuyo, aunque nadie esté mirando.
Se quedó contemplando aquella fotografía.
Había educado a su hijo para ser honrado, pero ella misma había decidido que las reglas no se aplicaban cuando algo le convenía.
Aquella noche comenzó a escribir una carta.
No la terminó hasta tres días después.
Cuando llegó a nuestro buzón, Daniel la abrió en la cocina.
Yo estaba preparando café.