con el control. Te enseñé a respetar lo ajeno y terminé traicionando todo lo que intenté enseñarte. No espero que me perdonen. Solo quiero que sepan que me avergüenzo de lo que hice”.
Daniel terminó de leer con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Qué piensas? —me preguntó.
Miré la carta.
—Espero que lo diga en serio.
—¿Quieres responderle?
—Todavía no.
Él asintió.
Y no respondió.
Pasaron seis meses.
Nuestra vida comenzó a recuperar una tranquilidad que casi habíamos olvidado.
Daniel y yo acudimos a algunas sesiones de terapia de pareja.