hacerlo.
—¿Te molestaría que la viera?
Lo miré sorprendida.
Años atrás habría tomado la decisión sin consultarme y después me habría pedido comprensión.
Ahora estaba reconociendo que sus decisiones también podían afectar nuestra relación.
—Es tu madre, Daniel. Puedes verla. Lo importante es que ambos sepamos cuáles son nuestros límites.
Se encontraron en una cafetería, lejos de nuestra casa.
Daniel regresó aquella tarde pensativo, pero sereno.
Me contó que Beatriz no había intentado justificar su comportamiento.
Hablaron de su trabajo, de la biblioteca y de las cosas que habían aprendido