después del funeral, reuní el valor para entrar en su oficina. Había mantenido la puerta cerrada todo ese tiempo, como si abrirla fuera aceptar de manera definitiva que él ya no volvería a sentarse frente a su escritorio. Todo estaba exactamente como lo había dejado: la silla ligeramente girada, la pluma sobre un cuaderno abierto, incluso la taza de café con el borde manchado.
Empecé a guardar sus cosas en cajas, tratando de no llorar cada vez que reconocía un objeto familiar. Recibos, garantías vencidas, declaraciones de impuestos, extractos bancarios.