un mismo nombre: Margarita.
Margarita. Nunca había escuchado ese nombre en boca de mi esposo. Ni una sola vez en treinta y ocho años. Seguí revisando la carpeta con manos temblorosas, buscando algo que me devolviera la respiración. Encontré recibos cada vez más antiguos, hasta que llegué al primero. Estaba fechado veintisiete años atrás.
Me dejé caer en la silla porque las piernas dejaron de sostenerme. Veintisiete años. Casi tres décadas pagando el alquiler de una mujer cuya existencia yo desconocía por completo.