cansados. La puerta se abrió y una mujer mayor apareció frente a mí. Delgada, con el cabello gris recogido en un moño flojo, los ojos hundidos pero brillantes. La miré unos segundos sin comprender. Entonces ella levantó la cara y la luz de la tarde cayó de lleno sobre sus rasgos.
El mundo se inclinó bajo mis pies.
Yo conocía ese rostro. Lo había conocido hacía casi treinta años. Retrocedí un paso, con la mano en el pecho.
—Dios mío… es usted.
Ella no dijo nada al principio. Solo me