sé.
—Será carísimo.
—Hazlo.
Durante quince minutos le expliqué exactamente lo que quería.
Cuando terminé, llamé al banco.
Luego al administrador del patrimonio de mi padre.
Después a un notario.
Y por último a mis hijos.
Los tres bajaron en pijama.
Sophie me miró.
—¿Pasó algo?
Los observé.
Esos niños eran la razón por la que Adrian me consideraba desesperada.
La razón por la que creía que aceptaría cualquier hombre dispuesto a fingir cariño.
—Mañana la boda va a ser un poco diferente.
Mateo abrió mucho los ojos.
—¿No habrá