mi historia.
Había encontrado un pequeño apartamento cerca del parque.
No era tan amplio como el que compartía con Gabriel, pero tenía un balcón lleno de luz y una cocina donde podía preparar café por las mañanas sin escuchar a nadie decir que estaba haciendo demasiado ruido.
Compré unas cortinas amarillas.
Coloqué plantas junto a la ventana.
Me apunté a clases de cerámica los sábados.
Volví a salir con mis amigas sin tener que justificar por qué regresaba tarde.
Poco a poco empecé a reconocer a la mujer que había