me cerraba por completo y el aire me faltaba en el pecho. Creí que mi padre había muerto durante la madrugada y que venían a darme la noticia.
Rodrigo reaccionó con desesperación inmediata: corrió hacia el recibidor, subió las escaleras a zancadas para esconder la cadena y el candado, pero ya era demasiado tarde. Al bajar con el metal entre las manos, se topó de frente conmigo en el descanso de la escalera.
Intentó fingir una sonrisa nerviosa:
—Mariana… por favor, escúchame. Podemos explicarles todo esto, diles que fue un