juego, que estamos bien…
Me eché hacia atrás con un asco infinito:
—No me toques. Ni se te ocurra volver a ponerme una mano encima.
Por primera vez en siete años de matrimonio, mi voz no vaciló. No hubo llanto ni súplica: solo un desprecio absoluto.
(Continúa leyendo en la siguiente página…)
La puerta principal se abrió de golpe. Dos oficiales ingresaron de inmediato y ordenaron a todos los presentes que permanecieran en sus asientos sin moverse.
Teresa intentó tomar el control de la situación con su habitual tono prepotente: