Mi esposo me encadenó en Año Nuevo para obligarme a cocinarle a su familia: la foto que envié a medianoche lo cambió todo

en la pantalla encendida, escuchando los sollozos de mi madre al otro lado de la línea.

Mi nombre es Mariana. Tengo treinta y dos años y llevaba siete casada con Rodrigo.

Vivíamos en Querétaro, en la casa de sus padres. Aquello que al inicio nos prometieron como una estancia temporal de pocos meses mientras ahorrábamos para un enganche se convirtió en una rutina opresiva: siete años de limpiar pisos, cocinar a diario y servir como empleada doméstica sin sueldo para una familia que me trataba con desprecio absoluto.

Ese 30