sencilla de madera: mi padre, mi madre, mi hermana, mi sobrino y yo. No había dieciocho invitados esperando ser atendidos con prepotencia. No había gritos, ni platos que lavar bajo amenaza, ni teléfonos decomisados, ni cadenas esperando junto a la cama.
Al sonar las doce campanadas, mi padre levantó su copa con una sonrisa serena y dijo:
—Por la verdadera familia.
Durante siete años, esa misma palabra había sido utilizada como un látigo para obligarme a agachar la cabeza y soportar abusos inadmisibles.
Esa noche, sentada al lado del hombre