No levantó la mirada de la televisión.
Esa misma noche comenzaron a llegar las visitas: mis tres cuñadas con sus esposos y varios sobrinos. Mientras yo recogía platos sucios, preparaba jarras de café hirviendo y picaba ingredientes para la cena del día siguiente, las escuchaba hablar en la sala sobre el «verdadero rol de una buena esposa», celebrando que una mujer decente jamás abandona sus deberes conyugales por «caprichos emocionales».
A las once de la noche, Teresa me llamó a la cocina. Con un tono autoritario, me exigió que le