Mi esposo me encadenó en Año Nuevo para obligarme a cocinarle a su familia: la foto que envié a medianoche lo cambió todo

entregara mi bolso.

No opuse resistencia. Sacó mi cartera, mi tarjeta de débito y mi credencial de elector. Rodrigo guardó mis identificaciones en el bolsillo de su pantalón y apagó mi celular frente a mí.

Pensé que ese era el límite de la humillación.

Estaba equivocada.

Cuando subí a la recámara pasada la medianoche, vi una cadena de hierro gruesa tirada sobre la duela, junto a la pata de la cama de madera sólida, con un candado metálico pesado a un lado.

El corazón se me cayó al estómago.

—¿Qué