la voz por los años en que comimos tortillas con sal para que a la niña no le faltaran cuadernos.
Rocío guardó silencio absoluto.
Tragué saliva y sentí el ardor de la humillación quemándome el pecho.
—Está bien —respondí con la voz ronca—. Solo quiero verla recibir su grado.
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Me di la vuelta y caminé hacia atrás. Pasé en silencio entre las filas numeradas donde los invitados me miraban de reojo, apartando sus abrigos finos para que mi ropa no los rozara.
Caminé hasta