Me mandaron a la última fila en la graduación naval de mi hija por oler a pescado: el almirante vio mi silbato quemado e hizo cuadrar a toda la academia

el último rincón de la explanada, donde el pasto se cortaba y comenzaba la tierra. Allí, bajo la sombra de una palma solitaria, encontré unas sillas de plástico blanco, muy lejos de los micrófonos de la prensa y de las cámaras de televisión.

Me senté. Coloqué la bolsa con el pan sobre mis piernas y metí la mano derecha en el bolsillo del pantalón.

Saqué mi único amuleto.

Era un viejo silbato naval de contramaestre hecho de plata maciza. Estaba deformado: todo el costado derecho estaba fundido, con una cicatriz