negra y rugosa que atravesaba el metal como una herida de guerra. No era una joya fina; era el testimonio vivo de la noche en que volví a nacer. Comencé a frotarlo con el dedo pulgar para calmar el temblor de mis manos.
De pronto, las cornetas rompieron el aire.
La banda de guerra de la Marina comenzó a tocar la marcha con una fuerza que hacía vibrar el suelo bajo mis pies. El redoble de los tambores y el golpe seco de las botas retumbaron en el pecho de