Me mandaron a la última fila en la graduación naval de mi hija por oler a pescado: el almirante vio mi silbato quemado e hizo cuadrar a toda la academia

de mí. Clavó sus ojos en los míos con una reverencia que jamás había presenciado en ningún ser humano:

—Las lanchas patrulla de rescate oficial no pudieron romper la rompiente por el oleaje de seis metros. Pero en medio de la tormenta, un pescador civil, a bordo de una modesta lancha de madera con el motor tosiendo, se metió directo a las llamas. Entró cuatro veces al humo denso. Sacó en brazos a catorce cadetes inconscientes y al oficial instructor a cargo de la guardia.

El auditorio entero dejó de