respirar.
Valeria, en su formación militar, giró el rostro hacia el fondo. Ya no me buscaba en las primeras filas; me había encontrado.
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El almirante tomó con delicadeza mi mano derecha, la levantó frente a toda la explanada y mostró las marcas de piel quemada que me cubrían los nudillos:
—El fuego de la bodega le calcinó las palmas de las manos —declaró con la voz rota por el nudo en la garganta—. La radiación térmica le fundió el silbato de plata reglamentario que