Me mandaron a la última fila en la graduación naval de mi hija por oler a pescado: el almirante vio mi silbato quemado e hizo cuadrar a toda la academia

llevaba colgado al pecho, pero jamás soltó el cabo de amarre hasta que el último marinero estuvo a salvo en la playa. Cuando lo bajamos de su barca deshecha, ese hombre me miró y me dijo: «Solo ayúdeme a pagar la refacción de mi motor, comandante, porque mañana la gente del puerto necesita salir a trabajar».

El viejo oficial cuadró los hombros, soltó el bastón y me miró con una devoción absoluta:

—Ese oficial al que usted le salvó la vida en ese arrecife… era yo. Y el hombre que