rescató a la generación de oficiales que hoy comanda este país, está aquí de pie vestido con ropa humilde.
El almirante giró su cuerpo hacia la multitud congregada y rugió con toda la potencia de sus pulmones:
—¡Este hombre no huele a pescado sucio! ¡Este hombre huele a salitre, huele a sacrificio, huele a patria y huele al más puro honor militar!
El silencio se quebró de golpe. No con aplausos civiles, sino con el chasquido marcial de tres mil pares de botas golpeando la plancha de concreto.
—¡Atención, firmes! —