gritó el comandante del cuerpo de cadetes desde el centro del campo—. ¡Presentar armas ante el héroe del arrecife!
Al unísono, tres mil cadetes y la plana mayor de almirantes llevaron la mano derecha a la visera de su gorra de gala, rindiéndome saludo militar de ordenanza.
A mí. Al mecánico de Ciudad del Carmen. Al hombre de la camisa barata y las manos manchadas de aceite.
Valeria no esperó la orden de descanso. Rompió la formación militar sin importarle el protocolo reglamentario, corrió a través del campo llorando a