Me mandaron a la última fila en la graduación naval de mi hija por oler a pescado: el almirante vio mi silbato quemado e hizo cuadrar a toda la academia

mares y se arrojó a mis brazos con tanta fuerza que casi me tira al suelo. Hundió su rostro bañado en lágrimas en mi camisa que olía a jabón neutro y a sudor de carretera:

—¡Papá! ¡Papá, lo sabía…! ¡Siempre supe que eras el hombre más grande de este mundo! —sollozaba apretándome el cuello.

La abracé con el alma entera, cuidando de no manchar con mis dedos tiznados su uniforme blanco impoluto.

Levanté la mirada hacia la primera fila: Osvaldo Arriaga estaba desencajado, con el rostro blanco como el papel