un mes entero. Desarmé transmisiones de noche bajo la lluvia, vendí mi juego de herramientas más valioso —el que me había acompañado durante treinta años en la bahía— y junté cada peso para el boleto de autobús. No quería llegar con las manos vacías ni hacerla pasar por la pena de ver a su padre llegar sucio o tarde.
Al llegar a la terminal, entré al baño, me lavé la cara con agua fría, me cambié la camisa y me peiné frente al espejo quebrado. Miré mis manos: las tallé