Me mandaron a la última fila en la graduación naval de mi hija por oler a pescado: el almirante vio mi silbato quemado e hizo cuadrar a toda la academia

con jabón de pasta hasta que la piel se puso roja y viva, pero las manchas de grasa marina y las viejas quemaduras de motor no se borraron. Eran parte de mi pellejo.

—Hoy no la avergüences, Efraín —me dije en voz baja.

Tomé un taxi hacia la academia naval. El conductor me miró por el retrovisor y notó mi bolsa de pan y mis zapatos lustrados:

—¿Va a trabajar a las instalaciones, jefe?

—No —respondí con orgullo discreto—. Voy a ver graduarse a mi hija de oficial.

El chofer