Me mandaron a la última fila en la graduación naval de mi hija por oler a pescado: el almirante vio mi silbato quemado e hizo cuadrar a toda la academia

rescatar una barca a la deriva, también me buscan.

Pero ese día no iba a los muelles.

Ese día iba a ver a mi única hija, Valeria Morales, recibir su sable de mando y su grado como oficial en la Heroica Escuela Naval Militar, en Antón Lizardo.

Tres semanas antes me había mandado un mensaje de texto al teléfono viejo:

«Papá, tienes que venir. Vendí lo que pude para apartar tu lugar. Sin ti en la ceremonia, esto no tendría ningún sentido».

Con esas palabras me bastó.

Doblé turnos durante