Me mandaron a la última fila en la graduación naval de mi hija por oler a pescado: el almirante vio mi silbato quemado e hizo cuadrar a toda la academia

sonrió con respeto:

—Entonces hoy camine derecho y con la frente en alto.

No supe por qué, pero esa frase se me clavó en el pecho durante todo el camino.

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Cuando el taxi me dejó frente a los portones monumentales de la academia, el sol ya iluminaba las paredes blancas y las banderas ondeaban con fuerza con el viento del Golfo.

El patio principal era un hervidero de familias elegantes: trajes a la medida, vestidos de diseñador, perfumes caros, lentes oscuros y ramos inmensos