Me mandaron a la última fila en la graduación naval de mi hija por oler a pescado: el almirante vio mi silbato quemado e hizo cuadrar a toda la academia

de flores. Había madres llorando de emoción y padres acomodándose las corbatas como si ellos mismos fueran los almirantes de la flota.

Yo caminé apretando mi bolsa de tela contra el costado. Y fue entonces cuando los vi junto a la entrada de la explanada de honor.

Rocío, la madre de Valeria, vestía un traje sastre claro y perlas en el cuello. A su lado estaba su esposo desde hacía diez años, Osvaldo Arriaga: traje gris de corte impecable, zapatos de charol y un reloj de oro macizo en la