Me mandaron a la última fila en la graduación naval de mi hija por oler a pescado: el almirante vio mi silbato quemado e hizo cuadrar a toda la academia

muñeca izquierda.

Al verme acercar, la sonrisa de Osvaldo se borró de golpe.

—Efraín… —dijo con un tono seco que denotaba fastidio—. No pensé que fueras a venir de verdad.

—Valeria me invitó —respondí mirándolo a los ojos—. Me pidió que estuviera aquí.

—Sí, ya sabemos cómo es ella de sentimental —soltó con desdén, como si tener memoria y gratitud fuera una debilidad vergonzosa.

Rocío ni siquiera me saludó de beso; fingió acomodarse los aretes y bajó la mirada para no cruzarse con la mía. Esa indiferencia me dolió más