Me mandaron a la última fila en la graduación naval de mi hija por oler a pescado: el almirante vio mi silbato quemado e hizo cuadrar a toda la academia

que cualquier insulto directo.

Osvaldo bajó la vista despacio: recorrió mis zapatos desgastados, mi pantalón modesto, mi camisa blanca de tienda de pueblo y la bolsa de tela donde llevaba el pan dulce.

—Mira, Efraín, no quiero ser grosero —comenzó a decir, y cuando un hombre con dinero empieza con esa frase, uno ya sabe que el golpe viene con saña—. Hoy asisten mandos navales de alto rango, agregados militares y prensa nacional. Valeria se ha esforzado muchísimo para ingresar a un círculo de prestigio. No conviene que la imagen