el gran ventanal de la sala de estar, donde las cortinas estaban a medio cerrar.
Me pegué a la pared de madera, conteniendo la respiración, y aguzé el oído.
—¿Tienes el resto de los documentos? —la voz de Elena sonaba extrañamente tensa, cargada de una urgencia que nunca le había escuchado.
—Están aquí —respondió la voz del hombre, baja y áspera—. Pero el tiempo se nos agota, Elena. Si tu esposo regresa antes o si la gente de la financiera descubre que estamos revisando los archivos históricos del fideicomiso de