y abrí la puerta. La oficina era un desastre. Los archivadores estaban destrozados, los papeles esparcidos por el linóleo barato como hojas secas. Habían revuelto todo buscando algo.
Pero yo conocía a Carl. Era un expolicía paranoico que no se fiaba de los archivadores. Confiaba en las tablas del suelo que había debajo del pesado radiador de hierro atornillado en la esquina.
Aparté el pesado escritorio, con los músculos doloridos, y levanté las tablas de roble sueltas. Debajo había una caja de seguridad biométrica. Carl había registrado mi huella dactilar