anciano suspiró.
—Porque pensaba que, si la gente conocía toda la historia, terminarían culpando a ese muchacho por lo que le pasó.
—¿Qué muchacho?
Don Ernesto se quedó callado.
Después nos entregó una dirección antigua.
—Tal vez Rafael pueda explicárselos mejor.
Mi hermana y yo nos miramos.
El secreto de papá parecía ser mucho más grande de lo que imaginábamos.
Pero decidimos respetar su última petición.
No abriríamos la carta hasta el cumpleaños de mamá.
Y mientras tanto, intentaríamos comprender qué había ocurrido realmente aquella noche.
CAPÍTULO 4. EL CUMPLEAÑOS