a su altura.
—Ya se fue —dijo suavemente.
El visitante tardó en volver a sentarse.
Aquella noche, el zapatero trabajó sin descanso.
Cosió las piezas con hilo encerado y reforzó los puntos que soportarían más esfuerzo. Mientras lo hacía, siguió explicando cada paso.
No esperaba una respuesta.
Hablar le ayudaba a conservar la calma y a convertir aquella situación extraña en algo que conocía: un encargo difícil que debía quedar bien hecho.
En algún momento repitió la enseñanza de su padre.
Un zapato debía permitir que su dueño llegara adonde
Un Zapatero de Riobamba le hizo zapatos a un gris en 1962 — 25 años después volvieron gastados