una precisión que lo dejó sin palabras.
Aurelio examinó el retazo y después lo miró.
El visitante permaneció quieto, con la aguja entre sus dedos largos.
El zapatero sonrió.
Al llegar a las suelas, eligió varias capas finas para dar protección sin volver rígido el calzado. Las trabajó hasta que pudieron doblarse con facilidad.
Antes de unirlas al resto, buscó el viejo clavo de don Manuel.
Un golpe de martillo dejó el pequeño triángulo en cada tacón.
Cuando terminó, se arrodilló frente a su huésped y le puso los zapatos.
Un Zapatero de Riobamba le hizo zapatos a un gris en 1962 — 25 años después volvieron gastados