Ajustó los cordones.
Después le ofreció ambas manos.
Los primeros pasos fueron inseguros. El visitante abría los brazos y cambiaba el peso de un pie al otro, desconcertado por aquella nueva sensación.
Aurelio lo acompañó hasta la pared y de regreso.
Luego lo soltó.
El desconocido recorrió el taller lentamente. Se detenía para mirarse los pies y volvía a empezar.
Cada vez caminaba con mayor firmeza.
El zapatero permaneció en su banco, observándolo.
Había pasado varias noches preguntándose qué podía hacer por él. Ahora veía una respuesta concreta: ya no
Un Zapatero de Riobamba le hizo zapatos a un gris en 1962 — 25 años después volvieron gastados