tampoco había sabido de dónde venía el visitante. No conocía su nombre ni quién necesitó el segundo par.
Lo que sí había comprendido era por qué había llorado aquella mañana.
Durante veinticinco años se había preguntado si el pequeño huésped habría conseguido llegar a algún lugar.
Las huellas que terminaban en el páramo lo habían dejado sin respuesta.
Los zapatos gastados le ofrecieron una distinta de la que esperaba.
Habían servido.
Y alguien recordaba dónde pedir ayuda.
Ahora Rosa guarda la llave con el mismo cordón de cuero.
Las dos
Un Zapatero de Riobamba le hizo zapatos a un gris en 1962 — 25 años después volvieron gastados