seguía allí.
“Si alguno de mis descendientes regresa algún día con pruebas de quién es, entrégale este tesoro.”
Hizo una pausa.
Luego leyó la última parte.
“Pero si nadie vuelve antes de que pasen cincuenta años, considéralo un regalo para quien haya devuelto la vida a esta casa.”
Ana sintió un nudo en la garganta.
Miró la fecha.
La carta había sido escrita cincuenta y ocho años atrás.
Nadie había regresado.
Esa noche apenas pudo dormir.
Cada vez que cerraba los ojos veía el oro escondido bajo la pared.
Podía