sin reclamantes.
Cuando recibió la resolución, rompió a llorar.
No porque fuera rica.
Sino porque, por primera vez desde la muerte de su esposo, sentía que el futuro volvía a existir.
Sin embargo, el mayor tesoro no resultó ser el oro.
Entre las cajas apareció una carpeta de cuero.
Dentro había diarios personales de Esteban.
Fotografías.
Cartas de amor.
Y escrituras de unas antiguas viñas abandonadas en el valle cercano.
Aquellas tierras seguían registradas.
Nadie las había reclamado.
Con ayuda de un abogado descubrió que también formaban parte de la