Lo llamó Daniel, como su difunto esposo.
La pequeña vivienda, que antes parecía condenada al abandono, comenzó a llenarse de risas infantiles.
Con parte del dinero restauró completamente la propiedad.
Instaló agua.
Electricidad.
Paneles solares.
Un pequeño huerto.
También rehabilitó las antiguas viñas.
Los primeros años fueron difíciles.
No sabía nada sobre agricultura.
Aprendió preguntando a los vecinos más mayores.
Trabajó bajo el sol con su hijo a la espalda.
Cada cosecha era un poco mejor que la anterior.
Cinco años después, aquella casa abandonada se había convertido en una