Mi esposo me abandonó embarazada por otra mujer, y me refugié en un rancho donde juré no confiar en ningún hombre. Bajo la lluvia apareció un desconocido con un perro flaco y una cabra preñada, pidiendo comida a cambio de arreglar mi cerca. Lo dejé trabajar solo ese día, pero antes de irse me mostró una viga podrida que sostenía parte del techo. Si volvía a llover, mi casa podía venirse abajo; salvarla significaba pedirle a aquel extraño que se quedara.

Me contó que había trabajado como encargado de un rancho ganadero cerca de Lagos de Moreno. Tenía una esposa, una casa pequeña y un niño que lo esperaba todas las tardes junto al portón.

—Lucas apenas tenía 4 años —murmuró—. Siempre corría cuando escuchaba mis pasos. Le gustaba que lo cargara sobre los hombros.

Un día discutió con su patrón porque llevaba semanas sin recibir su sueldo. Perdió el trabajo y regresó a casa lleno de coraje.

Su esposa, cansada de las dificultades y de sus discusiones, decidió marcharse con