Mi esposo me abandonó embarazada por otra mujer, y me refugié en un rancho donde juré no confiar en ningún hombre. Bajo la lluvia apareció un desconocido con un perro flaco y una cabra preñada, pidiendo comida a cambio de arreglar mi cerca. Lo dejé trabajar solo ese día, pero antes de irse me mostró una viga podrida que sostenía parte del techo. Si volvía a llover, mi casa podía venirse abajo; salvarla significaba pedirle a aquel extraño que se quedara.

el niño a vivir con unos familiares.

—Pensé que volverían cuando consiguiera trabajo —confesó—. Dejé pasar demasiado tiempo creyendo que podía arreglarlo todo después.

Pero Lucas enfermó de neumonía.

Cuando Efraín recibió la noticia, viajó hasta el pueblo donde estaban viviendo. Llegó demasiado tarde.

—No pude despedirme de mi hijo, Dora. Ni siquiera pude decirle que lo quería.

Vi cómo se le humedecían los ojos.

Quise encontrar palabras que aliviaran semejante tristeza, pero comprendí que ninguna frase podía devolverle lo perdido.

Solamente acerqué mi mano a la suya.

—Usted no