Mi esposo me abandonó embarazada por otra mujer, y me refugié en un rancho donde juré no confiar en ningún hombre. Bajo la lluvia apareció un desconocido con un perro flaco y una cabra preñada, pidiendo comida a cambio de arreglar mi cerca. Lo dejé trabajar solo ese día, pero antes de irse me mostró una viga podrida que sostenía parte del techo. Si volvía a llover, mi casa podía venirse abajo; salvarla significaba pedirle a aquel extraño que se quedara.

sabía lo que iba a pasar.

—Pero pude haberlo buscado antes.

No discutí con su dolor.

Aquella madrugada también le conté mi historia. Le hablé de Rogelio, de la mujer por la que me había dejado y de cómo había vendido mis pertenencias para desaparecer del pueblo.

—Cuando llegué aquí, pensé que jamás volvería a necesitar a nadie —confesé.

Efraín miró mi vientre.

—Y aun así está trabajando para darle un hogar a su criatura.

—Tengo miedo de no poder hacerlo sola.

—No tiene que demostrarle nada a nadie, doña