Mi esposo me abandonó embarazada por otra mujer, y me refugié en un rancho donde juré no confiar en ningún hombre. Bajo la lluvia apareció un desconocido con un perro flaco y una cabra preñada, pidiendo comida a cambio de arreglar mi cerca. Lo dejé trabajar solo ese día, pero antes de irse me mostró una viga podrida que sostenía parte del techo. Si volvía a llover, mi casa podía venirse abajo; salvarla significaba pedirle a aquel extraño que se quedara.

Dora.

Aquellas palabras me acompañaron durante muchos días.

Nuestra relación empezó a cambiar sin que ninguno lo anunciara.

Seguíamos viviendo bajo techos separados, pero nuestras decisiones dejaron de ser completamente individuales.

Él me enseñó a preparar alimento para las gallinas con maíz molido. Yo le enseñé a distinguir cuáles quesos preferían los compradores y cuánto necesitábamos guardar para los gastos.

Anotábamos las ventas en una libreta de tapas azules que había pertenecido a mi madre.

Cuando logramos comprar una tercera vaca, fui yo quien insistió en que también apartáramos dinero