Dora.
Aquellas palabras me acompañaron durante muchos días.
Nuestra relación empezó a cambiar sin que ninguno lo anunciara.
Seguíamos viviendo bajo techos separados, pero nuestras decisiones dejaron de ser completamente individuales.
Él me enseñó a preparar alimento para las gallinas con maíz molido. Yo le enseñé a distinguir cuáles quesos preferían los compradores y cuánto necesitábamos guardar para los gastos.
Anotábamos las ventas en una libreta de tapas azules que había pertenecido a mi madre.
Cuando logramos comprar una tercera vaca, fui yo quien insistió en que también apartáramos dinero