Mi esposo me abandonó embarazada por otra mujer, y me refugié en un rancho donde juré no confiar en ningún hombre. Bajo la lluvia apareció un desconocido con un perro flaco y una cabra preñada, pidiendo comida a cambio de arreglar mi cerca. Lo dejé trabajar solo ese día, pero antes de irse me mostró una viga podrida que sostenía parte del techo. Si volvía a llover, mi casa podía venirse abajo; salvarla significaba pedirle a aquel extraño que se quedara.

para pagarle justamente su trabajo.

—Este rancho es suyo, Dora —me recordó.

—La tierra es mía, pero las mejoras también llevan su esfuerzo. No quiero que un día se marche sin nada.

No respondió enseguida. Después sonrió apenas.

—Entonces hagamos bien las cuentas.

Con el tiempo tuvimos casi 30 gallinas, 3 vacas y las 2 cabritas que habían nacido aquella madrugada.

El perro dejó de verse tan flaco y empezó a seguirme cuando iba al huerto.

Efraín continuaba aceptando trabajos ocasionales en ranchos vecinos, pero ahora siempre me avisaba cuándo