Mi esposo me abandonó embarazada por otra mujer, y me refugié en un rancho donde juré no confiar en ningún hombre. Bajo la lluvia apareció un desconocido con un perro flaco y una cabra preñada, pidiendo comida a cambio de arreglar mi cerca. Lo dejé trabajar solo ese día, pero antes de irse me mostró una viga podrida que sostenía parte del techo. Si volvía a llover, mi casa podía venirse abajo; salvarla significaba pedirle a aquel extraño que se quedara.

saldría y cuándo pensaba regresar.

Yo procuraba no demostrar cuánto agradecía aquella costumbre.

La barriga creció tanto que tuve que dejar de cargar cubetas. Me cansaba al caminar hasta el gallinero y algunas noches sentía dolores que me impedían dormir.

Efraín construyó un banco más alto para que pudiera descansar mientras separaba los huevos.

También insistió en acompañarme a mis revisiones prenatales.

—No quiero que se arriesgue por cuidar los animales —decía.

—Tampoco puedo pasarme el día sentada.

—Entonces déjeme cargar lo pesado. Usted sigue mandando.

Me reí por primera