Mi esposo me abandonó embarazada por otra mujer, y me refugié en un rancho donde juré no confiar en ningún hombre. Bajo la lluvia apareció un desconocido con un perro flaco y una cabra preñada, pidiendo comida a cambio de arreglar mi cerca. Lo dejé trabajar solo ese día, pero antes de irse me mostró una viga podrida que sostenía parte del techo. Si volvía a llover, mi casa podía venirse abajo; salvarla significaba pedirle a aquel extraño que se quedara.

vez sin sentir que debía esconder mi alegría.

Antes de que llegara el parto, hablamos con la partera de una comunidad cercana y organizamos cómo pedir ayuda si el camino se volvía intransitable.

Pero la noche en que nació mi hija volvió a llover como aquella tarde en que Efraín apareció frente a mi cerca.

Estaba calentando agua en la cocina cuando sentí una contracción diferente.

Me apoyé en la mesa. Esperé a que pasara, pero pronto llegó otra.

Después sentí que había roto la fuente.

—¡Efraín! —grité desde la