vez sin sentir que debía esconder mi alegría.
Antes de que llegara el parto, hablamos con la partera de una comunidad cercana y organizamos cómo pedir ayuda si el camino se volvía intransitable.
Pero la noche en que nació mi hija volvió a llover como aquella tarde en que Efraín apareció frente a mi cerca.
Estaba calentando agua en la cocina cuando sentí una contracción diferente.
Me apoyé en la mesa. Esperé a que pasara, pero pronto llegó otra.
Después sentí que había roto la fuente.
—¡Efraín! —grité desde la