puerta.
Lo vi cruzar el patio bajo la lluvia.
—¿Qué pasó, Dora?
—Creo que mi niña ya viene.
Su expresión cambió inmediatamente.
Me ayudó a sentarme y buscó el teléfono que manteníamos cargado para emergencias.
Mientras conseguía comunicarse con la partera, preparó mis cosas y colocó una cobija limpia sobre la cama.
La lluvia había convertido el camino en un lodazal. No podíamos salir de inmediato.
—Tengo miedo —le confesé cuando una nueva contracción me obligó a detenerme.
Él se arrodilló junto a mí.
—Aquí estoy. Dígame qué necesita.
—No